martes, marzo 07, 2006

DECIR NO


La mayoría, cuando nos relacionamos positivamente con el prójimo intentamos hacer de la transigencia la flor de la moral, entre otras cosas, porque aspiramos a que nuestra dignidad no sea transgredida por la inmoralidad del otro, ya que suponemos, a priori, que todo lo que pueda venir de nuestro interlocutor es digno. Esto, que no es otra cosa que la encarnación del anhelo de los derechos fundamentales del hombre, por desgracia, suele subvertirse en demasiadas ocasiones. Es decir, que por intentar aceptar todo lo que nos venga de los demás, corremos el riesgo de acabar ahogándonos en el egoísmo o la indignidad ajena. Por tanto, a veces, decir sí no sólo puede convertirse en una entelequia de los valores morales, sino en una estrepitosa tragedia. Por supuesto, para procurar paliar este marasmo moral no sólo es necesario sentir cierta inclinación hacia la praxis de los derechos humanos, sino que alguien nos enseñe desde que somos infantes que estos principios se esculpen en nuestra conciencia con el cincel del “sí” y del “no”; de lo contrario podemos acabar en una especia de inconciencia egoísta o sumisa que nos convierta en víctimas y verdugos unos de otros. Este es el caso de bastantes familias españolas en las que los padres, incapaces de decir no, han pervertido el valor del sí, dejando la conciencia de sus hijos en tal estado natural que sus instintos dan vida a aquello de Hobbes, de que el hombre es un lobo para el hombre. Los datos, ofrecidos recientemente por un grupo de científicos catalanes, encabezados por el trabajador social Romero Blasco, así lo certifican: en 2004, en España, en el 78,4% de las agresiones denunciadas por padres de hijos maltratadores hay contacto físico, de las cuales un 13,8% se realizan a través de un objeto punzante como puede ser un puñal o un cuchillo. Es obvio que estamos suplantando amor por odio.
Y es que para amar lo suficiente… hay que saber decir no.

Diario CÓRDOBA (1-III-2006)

DINERO Y FELICIDAD


Decir que el dinero no da la felicidad tomando estos dos conceptos en términos absolutos, puede revelarse como una gran verdad, entre otras cosas porque la felicidad integral a la que aspiramos, que bien pudiera ser la expresada por la novelista francesa George Sand, de amar y ser amados, no tiene nada que ver con el vil metal. No obstante, bajándonos a la mundana y cotidiana relatividad, donde el amor tiende a ser el pasatiempo que realizamos cuando esperamos en la cola de los adoradores del Becerro de Oro, la felicidad se compra y se vende con tal naturalidad que hasta algunos te la ponen en un catálogo, y lo peor es que a nadie le da por correr a estacazos a estos mercaderes que infectan el templo de nuestra dignidad. La situación ha llegado a tal límite que aquella Economía de la felicidad que el economista Richard Easterlin pergeñó a mediados de los 70, dando como resultado su famosa Paradoja Easterlin, en la que introduciendo estadísticas de felicidad de la población en modelos econométricos demostró que el dinero no nos hace más felices -poniendo, además, como ejemplo de infelices nada menos que a EE.UU. y a Japón-, ha claudicado ante el signo de estos tiempos. El culpable ha sido un estudio de reciente aparición en el que otro económetra, un tal Martin Bal, demuestra analíticamente, tomando como base los valores de felicidad de un panel de 42 países, entre los cuales se encuentra España, que el dinero ha pasado de no comprar nada a comprar “algo” de dicha.
Supongo, que si la evolución de esta estimación sigue su tendencia lo peor no será pedir una hipoteca para ser felices, sino acabar como el protagonista de aquella cinta de Norman Jewison, El Violinista en el Tejado, cuando en el tema Si yo fuera rico cantaba: “Señor, Tú que creaste al león y al cordero. / Me sentenciaste a ser lo que soy. / ¿Arruinaría algún plan eterno si fuera rico?”.
Diario CÓRDOBA (22-II-2006)